teme con hundir su filo
en la tarde calurosa.
Su grosor, el de un hilo
su fuerza, poca cosa
aunque su brío no hay perdido
el potro que desboza.
Más la tierra, su partido
qué maleza tuviera
y aunque así fuera,
el traqueteo de los vasos
harían que cada paso, rompieran lo que es.
Destino extraño el del arado,
surcar la tierra amada
y en el dibujar de su estela
teme, que al dejar su huella
dañe el surco legado por la lluvia.
Tierra henchida más no hinchada
que en el rocío se regocija;
espero que no tema como la azada
el desbarrancar del río.
Divina agua que todo impregna
Y aunque parezca que a la tierra borre
Permite el milagro
Del hundirse del amado en los brazos de la amada.
Mihael